Si aún no lo has hecho, suscríbete a nuestra web

Teléfonos de contacto:
936 452 369
649 413 479
Formulario de contacto

El mito del amor y la transmisión cultural a nuestras criaturas

Publicado el sábado, 19 de enero de 2019. Revisado el sábado, 19 de enero de 2019.
Autor: Liz Torres Almeida
Tiempo medio de lectura: 6 minutos y 57 segundos

¿Os suena eso del amor platónico? En el Banquete de Platón, en la parte del discurso de Aristófanes, se recoge el mito del andrógino (que se repite en más culturas, pero esta es nuestra herencia). Los andróginos eran seres redondos, con cuatro brazos, cuatro piernas, pene y vagina, dos caras. Cuenta el mito que eran tan vigorosos y valientes que se atrevieron a cuestionar el poder de los dioses, por lo que Zeus les castigó partiéndolos por la mitad, siendo así que solo pueden ser felices cuando están completos y vagan por el mundo en busca de su otra mitad seccionada (sexus, sexo). Esto es el amor platónico y no que te guste el mayor del instituto que no te hace caso o Brad Pitt. El amor platónico es ‘sin ti no soy nada’, ‘el amor puede con todo’, ‘guardarse para el amor verdadero’ y demás tótems que nos rigen y dirigen a toda la humanidad seccionada (sexuada). El amor platónico es el 'crush’ de nuestras hijas, un flechazo y mariposas. Los diferentes usos del lenguaje nos han despistado de la etimología y solemos mencionar esta dinámica como ‘amor romántico’. Romántico se refiere a romance y a mí me parece estupendo ser romántica con los amantes. Pero etimología al margen, sabemos de qué estamos hablando y sabemos que muchas de nosotras no queremos transmitir esta noción a nuestros hijos e hijas, al menos de forma clara y contundente, porque entendemos que el mensaje implícito es: la felicidad de una es en relación al amor, al amor mitológico además (¡Que es un cuento! ¡Un cuento!), que ese amor vale toda la pena (¡La pena!), etcétera.

Este cuento platónico ha sido replicado a lo largo de nuestra historia de múltiples maneras y asimilado en la narrativa específicamente dedicada al público infantil, Disney mediante. Aunque es verdad que están apareciendo otros modelos de princesas, como las bravas o las solteras, e incluso se apuesta por un futuro con princesas lesbianas, la cosa es que tenemos totalmente interiorizada esta noción del amor y así lo vivimos y transmitimos, digan nuestras proclamas pancartistas lo que digan. Conviene darse cuenta.

Natural, lo que se dice natural, la monogamia no es. Resulta sencillo dar con distintos estudios sobre el tema (al acabar este artículo podrás encontrar algunas referencias), desde la necesidad de salvaguardar la prole de los infanticidios de otros machos hasta el clásico patriarcado, es decir, establecerse en familias robustas y proteger la propiedad, sea tierra o mujeres hacedoras de hijos, para la herencia. Sea como sea, la monogamia es ahora mandato social por lo mismo (servir al capital), pero además deseo de toda persona que quiera ser feliz (menos cuatro modernas entre las que me incluyo y que no estamos a salvo del relato platónico, por otra parte). También es falacia porque hay cuernos por doquier; cuando no son aventuras son solapamientos entre una y otra pareja, monogamias consecutivas. Y un saco de desdichas y fracasos, no por la relación monógama, si no por la idealización de la relación monógama.

No hay fórmula mágica, ni ser poliamorosa o eterna single te libra del deseo loco de entregar la llave de tu mundo y placer a la persona que te guste. Lo que sí podemos hacer es repensar la pareja monógama, siendo la habitual en nuestra sociedad, en términos constructivos. De esta forma, tal vez nuestras hijas e hijos tengan mejores herramientas para hacer y deshacer mejores relaciones entre los sexos. ¿Quién no ha consentido más de la cuenta en una relación? ¿Quién no se ha sentido la última mierda del mundo en una relación? ¿Quién no se ha fustigado por el sentimiento de derrota en una ruptura? ¿Cómo sostener este amor mitológico décadas después del acceso al divorcio y de las familias con diversos progenitores y criaturas?

La relación de pareja, después de la locura del enamoramiento inicial que es una pasada, una droga buenísima, un subidón de la leche, no es muy diferente de otras relaciones donde sí identificamos lo constructivo y lo destructivo, como puede ser la amistad. Bueno, sí; hay encuentros eróticos, necesidad de mayor intimidad, de más tiempo compartido, de objetivos comunes trascendentales tal vez (como tener descendencia). Pero eso se resume en que compartimos folleteo y alguna responsabilidad, además del cuidado mutuo. MUTUO. Y es que esa clave es importante. Hay que cuidar y cuidarse. Y no es más importante la pareja que otras cosas y otras gentes que cuidamos y nos cuidan. Ni es la piedra angular de la felicidad. Ni de la infelicidad. Es importante tener amor y tener placer, pero no es indispensable tener pareja para tener amor y placer, ni existe un alma gemela, ni se acaba el mundo cuando te trinchan el corazón.

Si os dais cuenta, basta con mirar al mundo en lugar de a los cuentos, las pelis y las proclamas transmitidas. Basta con no idealizar y ser ejemplo, porque ¿no hay ninguna Cenicienta o Blancanieves en la sala, verdad? En la amistad o en la familia extensa (o no tan extensa) también ocurren decepciones y rupturas, pero el estropicio no suele ser el mismo que en el desengaño amoroso, no tiene la misma carga. Somos más asertivas, somos más resolutivas, te puedes pegar la pataleta y seguir con tu vida sin un sentimiento profundamente desestructurador de tu existencia. Y eso es porque no nos han orientado a buscar a la amiga ideal y definitiva que nos complete y nos colme de felicidad y cuya atención valga la pena por encima de cualquier desventura; por tanto, a nivel amistoso se nos da de lujo el poliamor.

También existe aquí, como en todo, una mirada de género. Si bien en el mito del andrógino ambas mitades eran iguales en fuerzas y anhelos, la producción posterior ha sido bien diferente y aún estamos en esas. Mujeres, niñas, princesas, conquistadas, pasivas, orientadas a articular su vida en base a este amor mitológico; hombres, niños, príncipes, conquistadores, activos, emprendiendo grandes aventuras y obteniendo logros de muchos tipos, incluso mujeres decentes. Pero no vayamos a pensar que ellos se llevan la parte buena porque estos valores de hombría también son enormes lastres; ni todas las masculinidades pueden alcanzar el estereotipo, ni el escarnio social al fracasado es más benevolente, ni mucho menos pasan sin pena ni gloria por el estropicio amoroso. El yugo del héroe también tiene lo suyo y todos los sexos perdemos en la misma guerra del mal amor.

Claro que el amor romántico es una maravilla, claro que es precioso que te traigan el desayuno a la cama o alaben tus múltiples bellezas a la luz de la luna, claro que hacer el amor tiene un aura que no lo tiene el follar. Qué bonito es cuando no te apetece devorarte con nadie más o cuando más adelante te apetece pero te privas, eligiendo conscientemente no introducir un potencial desequilibrador a una fórmula que nos cuadra y nos place, social o individualmente. Todo esto es asequible; no así seguir transmitiendo un modelo irrealizable e infeliz, que en el mejor de los casos supone un desparrame y, en el peor, causa de tantas tragedias (de crímenes en nombre del amor tenemos la cultura plagada, en realidad y en ficción).

¿Preguntar a las criaturas si tienen novio? ¿Romantizar a los adolescentes en cuanto a la entrega del virgo? Anécdotas de un modelo fuertemente arraigado que intentamos superar sin tener del todo clara la raíz, porque sabemos qué consecuencias no queremos pero bebemos los vientos por Disney. Todo cambia cuando cambia la mirada. Criemos en el amor. En el amor de la madre, de las amigas, del grupo de pares. Criemos en el amor a una misma, a sus anhelos, a sus encuentros eróticos y mundanos en la vida. Criemos en el buen amor, que también se lo monta genial en la cama ;)

Fuentes:


Sobre Liz Torres Almeida
Liz Torres Almeida es psicóloga, sexóloga y madre de dos niños.

Documentos de Liz Torres Almeida publicados en Crianza Natural

Compártelo:

© 2003-2020. Crianza Natural, S.L. Todos los derechos reservados. Este documento no puede ser reproducido por ningún medio, total o parcialmente, sin autorización expresa de Crianza Natural, y, en su caso, de los autores y traductores.