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Cómo gestionar la ira contra tu hijo

Publicado el viernes, 30 de agosto de 2019. Revisado el viernes, 30 de agosto de 2019.
Autor: Laura Markham
Tiempo medio de lectura: 18 minutos y 52 segundos

Todos los padres se enfadan a veces con sus hijos.

Las interminables presiones de la vida no ayudan: citas a las que llegamos tarde, cosas que hemos olvidado hasta el último momento, preocupaciones de salud o dinero… la lista no tiene fin. En mitad de todo este estrés, aparece nuestra hija que ha perdido la zapatilla, se acuerda de repente de que necesita llevar hoy un cuaderno nuevo al cole, se burla de su hermanito o declara una guerra abierta. Y nos volvemos locos.

Cuando estamos en plan pacífico, si somos honestos, sabemos que podemos gestionar cualquier reto de crianza mucho mejor partiendo de un estado de calma. Pero en plena tormenta de nuestra ira, nos sentimos con derecho a desatar la furia. ¿Cómo se puede ser tan irresponsable, desconsiderada, ingrata o incluso mezquina?

Pero, sin importar lo desquiciante que consideremos el comportamiento de nuestro hijo, ese comportamiento no es el que provoca nuestra respuesta de ira. Observamos el comportamiento de nuestro hijo (“¡Ya le ha vuelto a pegar!”) y extraemos una conclusión (“¡Va a ser un psicópata!”) que desencadena otras conclusiones ("¡He fallado como madre!"). Esta cascada de pensamientos nos arrastra a un torbellino de emociones, en este caso, miedo, consternación, culpa. No podemos soportar estas emociones. La mejor defensa es un buen ataque, así que atacamos a nuestro hijo con ira. Todo el proceso dura dos segundos.

Puede que tu hijo te esté sacando de tus casillas, pero no está causando tu respuesta. Cualquier problema que te haga sentir que has de atacar proviene de tu propia infancia. Podemos saberlo porque en estas situaciones perdemos nuestra capacidad de pensar con claridad y empezamos a actuar como niños y tenemos nuestra propia rabieta.

No te preocupes. Es normal. Todos llegamos a la relación paternofilial con alguna herida de la infancia y nuestros hijos las sacan a la superficie. Es probable que, a veces, nuestros hijos se comporten de maneras que nos pongan al borde del precipicio. Por eso, es nuestra responsabilidad como adultos mantenernos alejados del precipicio.

POR QUÉ nos enfadamos tanto con nuestros hijos

Los padres y los niños tienen la habilidad de sacarse de quicio unos a otros como nadie más puede hacerlo. Incluso cuando somos adultos, a menudo nos mostramos irracionales en relación con nuestros propios padres (¿Quién tiene mayor capacidad de fastidiarte y lograr que te comportes como un niño que tu propia madre o padre?).

De la misma manera, nuestros hijos nos presionan precisamente porque son nuestros hijos. Los psicólogos hablan de “repetir patrones”, lo que significa que nuestros hijos estimulan las emociones intensas de nuestra propia infancia y respondemos recreando inconscientemente el pasado que está grabado a fuego en lo profundo de nuestra psique. Los temores y la rabia de la infancia son poderosos y pueden abrumarnos incluso cuando somos adultos. Puede resultar muy difícil enterrar esos fantasmas.

Pero saberlo ayuda si estamos luchando contra la ira. Igual de importante, porque nos ayuda a controlarnos, es saber que la ira de los padres puede ser perjudicial para los niños pequeños.

Qué le sucede a tu hijo cuando le gritas o pegas

Imagina a tu marido o mujer perdiendo los nervios y gritándote. Ahora imagina que es tres veces más grande de lo que tú eres. Imagínate que dependes totalmente de esa persona para comer, tener un refugio, para estar seguro y a salvo. Imagina que es la fuente primaria de tu autoestima y confianza, tu canal de información sobre el mundo, que no tienes nadie más a quien recurrir. Coge eso que sientes al imaginarlo y multiplícalo por 1000. El resultado es algo parecido a lo que le sucede a tu hijo cuando te enfadas con él.

Por supuesto, todos nos enfadamos con nuestros hijos e incluso, a veces, nos llenamos de rabia. El desafío es apelar a nuestra madurez para controlar la expresión de ese enfado y, en consecuencia, minimizar su impacto negativo.

La ira ya asusta bastante de por sí. Los insultos u otros abusos verbales, en los que el padre o la madre habla irrespetuosamente al niño, suponen un coste personal más alto, ya que el niño depende del padre o la madre para su propio autoconcepto. Y se ha comprobado que los niños que sufren violencia física, con azotes incluidos, manifiestan efectos negativos duraderos que llegan a cada rincón de su vida adulta, desde un coeficiente intelectual más bajo hasta relaciones más tormentosas y mayor probabilidad de abuso de sustancias.

Si tu niño pequeño parece no tenerle miedo a tu ira, indica que ya ha visto demasiado y que ha desarrollado defensas contra la ira y contra ti. Por desgracia, el resultado será que esté menos predispuesto a portarse bien para complacerte y que esté más expuesto a las influencias de su grupo de amigos. Lo demuestren o no (cuanto más a menudo nos enfademos, mayores defensas tendrán y, por lo tanto, menos lo demostrarán), nuestra ira es, como poco, aterradora para nuestros hijos.

¿Cómo puedes gestionar tu ira?

Como eres humano, a veces entras en modo “lucha o huida” y tu hijo te parecerá el enemigo. Cuando nos sobreviene la ira, estamos físicamente preparados para luchar. Las hormonas y los neurotransmisores inundan nuestros cuerpos. Hacen que tus músculos se tensen y que tu pulso y respiración se aceleren. Es imposible mantener la calma en esos momentos, pero todos sabemos que pegar a nuestros hijos, aunque pueda aliviar en el momento, no es realmente algo que queramos hacer.

Lo más importante que hay que recordar sobre la ira es NO actuar mientras la sentimos. Sentirás la necesidad urgente de actuar, de darle una lección a tu hijo, pero es la ira la que está hablando por ti. Cree que es una emergencia, pero casi nunca lo es. Puedes educar a tu hijo más tarde, y ofrecerle la lección que realmente quieres transmitir. Tu hijo no se va a librar. Sabes donde vive.

Así que comprométete a no pegar, no maldecir, no insultar a tu hijo, no castigar mientras estás enfadado. ¿Y gritar? Nunca a tus hijos; eso es una rabieta. Si realmente necesitas gritar, sube al coche con las ventanas cerradas y grita donde nadie te oiga. Y no uses palabras, porque eso enfurece más. Sólo grita.

Tus hijos también se enfadan, así que es un doble regalo para ellos encontrar maneras constructivas de lidiar con la rabia: no solo no les haces daño, sino que les ofreces un modelo a seguir. Tu hijo seguramente te vea enfadado de vez en cuando, y la manera que tengas de gestionarlo es un gran ejemplo para él.

¿Vas a enseñarle a tu hijo que está bien usar la fuerza? ¿Que los padres también tienen rabietas? ¿Que esa es la forma que los adultos tienen de gestionar los conflictos? Si es así, adoptarán esas conductas cuando crezcan.

¿O serás el ejemplo para tu hijo de que, aunque enfadarse es humano, gestionar la rabia de manera responsable es parte del madurar? Aquí tienes algunas indicaciones para ello.

1. Pon límites ANTES de enfadarte

A menudo, cuando nos enfadamos con nuestros hijos, es porque no hemos puesto un límite y algo nos irrita. El momento de hacer algo es el mismo momento en que empiezas a notarte enfadado. No, no grites. Interven de una manera positiva para evitar que el comportamiento que te está irritando vaya a más.

Si estás irritado por causa propia, has tenido un mal día y tienes mal genio, puede ser de ayuda explicárselo a tus hijos y pedirles que sean considerados y que controlen la conducta que te está irritando, al menos por ahora.

Si los niños están haciendo algo que es cada vez más molesto (jugar a algo que probablemente acabará con alguien perjudicado, perder el tiempo cuando les has pedido que hagan algo, pelearse mientras intentas hablar por teléfono), es posible que tengas que interrumpir lo que estés haciendo, volver a repetírselo y redirigirlos para evitar que la situación y tu enfado se agraven.

2. Cálmate ANTES de actuar

Cuando sientes la ira, tienes que buscar la manera de calmarte. Tomar conciencia siempre ayuda al autocontrol y a modificar la fisiología: Parar, Dejar (lo que estés haciendo, es solo un momento) y Respirar. Es una opción. ¿De verdad quieres dejarte llevar por las emociones?

Recuerda que no es una emergencia. Sacude la tensión de tus manos. Respira profundamente diez veces más.

Puedes intentar buscar algo que te haga reír, cosa que descarga la tensión y modifica el estado de ánimo. Incluso forzarse a sonreír envía el mensaje de que no hay ninguna emergencia al sistema nervioso, y comienza a calmarlo. Si necesitas hacer ruido, canturrea. Puede ser de ayuda descargar la ira físicamente, por lo que puedes intentar poner música y bailar.

Si puedes encontrar 15 minutos al día para practicar mindfulness, mientras los niños están en el cole o echando la siesta, podrás construir la capacidad neuronal que te facilite calmarte en esos momentos de irritabilidad. Pero puedes tener muchas oportunidades para practicar incluso en tu vida diaria con niños: cada vez que te resistes a responder mientras estás enfadado recompensas el autocontrol de tu cerebro.

Algunas personas aún toman el clásico consejo de golpear un cojín, pero es mejor que realices este tipo de descarga en privado, porque verte golpeando un cojín puede ser bastante aterrador para tu hijo. Sabe perfectamente que el cojín es un sustituto de su cabeza y la imagen de su mami loca pegándole al cojín quedará grabada en su memoria. De todas formas, esta estrategia es bastante cuestionable, porque los estudios sugieren que golpear algo (cualquier cosa) confirma a tu cuerpo que estás en situación de emergencia y que debes permanecer en modo “lucha o huida”. Así que puedes “descargar” tu energía y cansarte, pero no llegarás a los sentimientos que provocan el enfado y, en realidad, puedes acabar aún más enfadado.

Si en su lugar eres capaz de respirar profundamente y tolerar las emociones rabiosas, probablemente notarás que justo debajo de tu enfado están el miedo, la tristeza o la decepción. Permítete estas emociones y percibe las sensaciones que causan en tu cuerpo. No las refuerces “pensando” en la causa de tu enfado; simplemente respira y observa cómo la tensión corporal cambia y se desvanece. La ira se desvanece.

3. Tómate cinco minutos

Estaremos de acuerdo en que partir del enfado es terrible a la hora de intervenir en cualquier situación. En su lugar, concédete un tiempo de espera y vuelve cuando seas capaz de mantener la calma. Aléjate físicamente de tu hijo para evitar la tentación de acercarte a él y hacer cualquier contacto violento. Puedes decir, de forma tan tranquila y como seas capaz:

“Estoy demasiado enfadada para hablar. Me voy a tomar un descanso para tranquilizarme.”

Irte no significa que tu hijo gane. Le hace ver lo grave que es la conducta y da ejemplo de autocontrol. Aprovecha ese rato para calmarte, no para darle mil vueltas más a cuánta razón tienes.

Si tu niño tiene la edad suficiente como para que lo puedas dejar solo un momento, puedes ir al baño a refrescarte la cara y respirar un poco. Pero si tu hijo es tan pequeño como para sentirse abandonado cuando te vas, irá gritando detrás de ti (de hecho, muchas parejas adultas hacen lo mismo).

Si no puedes dejar a tu hijo solo sin provocar que se enfade más, ve al fregadero y mete las manos bajo el agua. Después, siéntate en el sofá cerca de tu hijo durante unos minutos, respira profundamente y pronuncia un pequeño mantra que te devuelva la calma, como alguno de estos:

  • “Esto no es una emergencia”
  • “Los niños necesitan más amor cuando menos lo merecen”
  • “Está montando el lío porque necesita que le ayude con sus emociones desmesuradas”
  • “Hoy, solo amor”

Es estupendo pronunciar el mantra en voz alta. La gestión responsable de tus emociones intensas es un gran ejemplo para tus hijos. No te sorprendas si tu hijo te copia el mantra cuando se enfade.

4. Escucha a tu ira, en vez de actuar como consecuencia de ella

La ira, igual que las otras emociones, es tan natural como tener brazos y piernas. Saber qué hacer con ella es nuestra responsabilidad. A menudo, la ira nos puede aportar un gran aprendizaje, pero actuar mientras estamos enfadados, excepto en las pocas ocasiones en que es necesaria la autodefensa, no suele ser constructivo ya que tomamos decisiones que nunca tomaríamos desde un estado racional. La manera constructiva de gestionar la ira consiste en limitar nuestra expresión y, una vez calmados, utilizarla como diagnóstico: ¿qué es lo que falla en nuestra vida para sentirnos tan furiosos y qué se puede hacer para cambiar la situación?

A veces, la respuesta está claramente relacionada con la crianza: necesitamos algunas reglas antes de que las cosas se nos vayan de las manos, o empezar a acostar a los niños media hora antes, o reparar de alguna manera nuestra relación paternofilial para que nuestro hijo deje de tratarnos mal. En ocasiones, nos sorprendemos al descubrir que nuestro enfado en realidad es hacia nuestra pareja, que no está actuando al 100% como se espera de una pareja en cuanto a la crianza de los hijos, o incluso hacia nuestro jefe. Y, a veces, la respuesta es que volcamos sobre nuestros hijos una ira que no comprendemos, y necesitamos buscar la ayuda de un terapeuta o de un grupo de apoyo a la crianza.

5. Recuerda que “expresar” nuestra rabia hacia otra persona puede reforzarla y aumentarla

A pesar de que el imaginario colectivo dice que necesitamos “expresar” el enfado para que no nos carcoma, no hay nada constructivo en “expresar” nuestra rabia hacia otra persona. La investigación demuestra que expresar la rabia mientras estamos enfadados provoca que nos enfademos aún más, en realidad. Esto provoca, a su vez, que la otra persona se sienta herida y asustada, por lo que se enfada más. No es de extrañar que, en vez de resolver algo, se profundice la brecha en la relación.

Es más, expresar la ira no es ser realmente auténtico. La ira es una ataque hacia otra persona debido a que te sientes muy molesto por dentro. La verdadera autenticidad sería expresar el dolor o el miedo que está dando lugar a la ira, algo que podrías hacer con tu pareja. Pero en lo que respecta a tu hijo debes gestionar tus propias emociones, no cargárselas a él, por lo que debes mostrarte más comedida.

La respuesta siempre es calmarse primero y luego reflexionar sobre el “mensaje” más profundo de la ira, antes de tomar decisiones sobre qué decir y qué hacer.

6. Antes de castigar, ESPERA

Ponte la norma en NUNCA hacer nada mientras estés enfadada. No tienes que dictar decretos sobre la marcha. Puedes decir algo como:

“No me puedo creer que hayas pegado a tu hermano después de que habláramos de lo que duele pegar. Tengo que pensarlo, y ya hablaremos de ello esta tarde. Hasta entonces, espero que te portes lo mejor posible.”

Tómate diez minutos para calmarte. No repases la situación mentalmente, darle vueltas siempre conseguirá que te enfades más. En su lugar, emplea las técnicas anteriores para relajarte. Pero si te has tomado diez minutos y aún no te sientes lo suficientemente calmada como para relacionarte constructivamente, no dudes en posponer la discusión.

“Quiero pensar en lo que acaba de pasar; ya hablaremos de ello más tarde. Mientras tanto, necesito hacer la cena y que termines los deberes, por favor.”

Después de cenar, siéntate con tu hijo y, si es necesario, establece límites firmes. Serás más capaz de escuchar su punto de vista y de responder con límites razonables, aplicables y respetuosos.

7. Evita la fuerza física, pase lo que pase

El 85% de los adolescentes dicen haber sido abofeteados o azotados por sus padres (Journal of Psychopathology, 2007). Sin embargo, multitud de estudios han demostrado que los azotes y todos los demás castigos físicos tienen un impacto negativo de por vida en el desarrollo de los niños. La Academia Estadounidense de Pediatría recomienda encarecidamente no hacerlo.

Personalmente me pregunto si la epidemia de ansiedad y depresión entre los adultos de nuestra cultura es causada, en parte, por el hecho de que muchos hemos crecido con adultos que nos han pegado. Muchos padres minimizan la violencia física que sufrieron porque el dolor emocional es demasiado intenso como para reconocerlo. Pero reprimir el dolor que sentimos en la infancia nos vuelve más propensos a pegar a nuestros propios hijos.

Azotar en el culo puede hacer que te sientas mejor temporalmente porque liberas la rabia, pero es malo para tu hijo y, al final, sabotea todo lo bueno que haces como padre. Los azotes, e incluso las bofetadas, suelen ir en aumento. Incluso hay alguna evidencia de que azotar puede ser adictivo para el padre o la madre, porque es una manera de liberar el malestar y sentirse mejor. Pero existen mejores maneras de sentirse mejor sin hacer daño a un hijo.

Haz lo que sea necesario para controlarte, incluso irte de la habitación. Si no puedes controlarte y terminas recurriendo a la fuerza física, pídele disculpas a tu hijo, dile que pegar nunca está bien y busca ayuda para ti.

8. Evita las amenazas

Amenazar mientras estás enfadada siempre es irracional, teniendo en cuenta que las amenazas solo son eficaces si estás dispuesta a cumplirlas, socavan tu autoridad y hacen que tus hijos incumplan más las reglas en el futuro. En su lugar, dile a tu hijo que tienes que pensar en la consecuencia apropiada de su infracción de la regla. La incertidumbre será peor que escuchar una serie de amenazas que saben que no vas a cumplir.

9. Controla el tono y las palabras

La investigación demuestra que, cuanto más tranquilamente hablamos, más tranquilos nos sentimos y con más tranquilidad nos responden los demás. Del mismo modo, las palabrotas u otras palabras muy cargadas, nos hacen sentir más irritados, tanto a nosotros mismos como al receptor, y la situación se deteriora. Tenemos el poder de tranquilizarnos o irritarnos a nosotros mismos y a la persona con la que estamos hablando controlando el tono de voz y las palabras que usamos. (Recuerda, tú eres el modelo a seguir).

10. ¿Sigues enfadado?

No te apegues a tu ira. Una vez que la hayas escuchado y realizado los cambios oportunos, suéltala. Si no funciona, recuerda que la ira siempre es una defensa. Nos protege de sentirnos vulnerables.

Para deshacerte de la ira, mira qué daño o qué miedo se esconde bajo la ira. Tal vez las rabietas de tu hijo te asustan, o tu hija está tan obsesionada con sus amigos que desprecia a la familia, cosa que te duele. Una vez que aceptes esas emociones subyacentes y te permitas sentirlas, tu ira se desvanecerá. Y serás más capaz de intervenir constructivamente para resolver junto a tu hijo lo que parecía ser un problema insuperable.

11. Haz una lista de formas aceptables de gestionar la ira y ponla a la vista

Busca un rato, cuando las cosas por casa estén tranquilas, para hablar con tus hijos sobre maneras aceptables de gestionar la ira. ¿Está bien pegar a alguien? ¿Está bien tirar cosas? ¿Está bien gritar? Recuerda que, ya que eres el modelo a seguir, las reglas que aplican a tu hijo también se aplicarán a ti.

Después, haced una lista de formas aceptables de gestionar la ira y ponedla en la nevera, donde todos los miembros de la familia puedan leerla regularmente. Cuando empieces a enfadarte, deja que tus hijos vean cómo la revisas.

  • “Dile a la otra persona qué es lo que quieres sin atacarla”
  • “Pon música y baila tus enfados”
  • “Cuando quieras pegar, da palmas alrededor de tu cuerpo y contente”

12. Escoge tus batallas

Cada interacción negativa que tienes con tu hijo consume un valioso capital en la relación. Enfócate en lo importante, como la forma en que tu hijo trata a otros seres humanos. En una perspectiva más general, que tire la chaqueta al suelo puede sacarte de tus casillas, pero no vale la pena dejar la cuenta de la relación en números rojos por eso. Recuerda que cuanto más positiva y vinculante sea tu relación con tu hijo, más probable será que te haga caso.

13. Considérate parte del problema

Si estás abierta en lo que respecta al crecimiento emocional, tu hijo siempre te mostrará qué aspecto de ti mismo necesitas trabajar. Si no lo estás, es difícil que seas un padre pacífico, porque sacarás lo peor de ti. En cada interacción con nuestro hijo, tenemos el poder de tranquilizarnos o empeorar la situación. Puede que tu hijo se esté comportando de forma que lo empeora, pero tú no eres una víctima indefensa.

Primero asume la responsabilidad de gestionar tus propias emociones. Puede que tu hijo no se convierta en un angelito de la noche a la mañana, pero te sorprenderá ver que tu hijo se enfada menos cuando aprendes a mantener la calma en respuesta a la ira.

14. Sigue buscando maneras de disciplinar efectivas, que fomenten un buen comportamiento

Existen maneras mucho más efectivas para disciplinar que enfadarse y, de hecho, la investigación demuestra que disciplinar enfadados establece un ciclo que fomenta el mal comportamiento.

Algunos padres se sorprenden al escuchar que hay familias que nunca castigan a los niños, incluso sin consecuencias o tiempos fuera, y en las que los padres gritan muy pocas veces. Se establecen límites, por supuesto, y existen expectativas de comportamiento, pero estas se hacen cumplir a través de la conexión padres hijo y ayudando a los niños con las necesidades y malestares que impulsan su “mala” conducta. La investigación pone en evidencia que de estas familias surgen niños con mayor inteligencia emocional y, por tanto, más capaces de gestionar su comportamiento.

15. Si te encuentras luchando contra la ira frecuentemente, busca ayuda

Pedir ayuda no es vergonzoso. Lo vergonzoso es renegar de tu responsabilidad como padre haciendo daño físico o psicológico a tu hijo.


Sobre Laura Markham
La Dra. Laura Markham es Psicóloga Clínica por la Universidad de Columbia y madre de dos hijos. Es la editora del portal AhaParenting.com y colaboradora habitual de otros sitios web sobre crianza.

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